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Restaura tu salud con el equilibrio ácido-básico



Son numerosos los expertos que señalan la importancia de mantener la sangre libre de toxinas para prevenir numerosas enfermedades, cáncer incluido. Para ello, es necesario mantener nuestros tejidos y fluidos corporales con un pH alcalino, puesto que un exceso de residuos ácidos abona el terreno para numerosas patologías.

Esta teoría, que se remonta siglos atrás, era defendida por los orientales. En Occidente, contamos con el legado del bioquímico y nutricionista Ragnar Berg, pionero en la investigación del balance ácido-alcalino para conservar la salud. Décadas más tarde, en los años 70 del siglo pasado el anatomopatólogo Alfred Pischinger publicó su tesis doctoral The matrix and the matrix regulation, en la que planteó que la génesis de cualquier enfermedad empieza alrededor de la célula -no en la propia célula- como consecuencia de un entorno lleno de toxinas. En un medio interno sano, aseveraba, no hay cabida para la enfermedad.

En la actualidad, esta postura es sostenida por numerosos expertos en medicina y nutrición, como el oncólogo Alberto Martí Bosch.

Para comprender este enfoque, hemos de saber qué se entiende por acidez, como concepto opuesto a alcalinidad. Ambos términos se miden con la escala del pH (potencial de hidrógeno), que refleja la concentración de iones hidrógeno en cualquier sustancia o solución. Las sustancias saturadas de iones hidrógeno, o protones, se las clasifica como ácidas, y aquellas saturadas de iones hidroxilo, o electrones, se las denomina alcalinas. Esta escala va de 0 (extremo ácido) a 14 (extremo alcalino), en la que el 7 ocupa un valor neutro.

En nuestro organismo, el pH de todos los fluidos y tejidos, excepto el del estómago, es alcalino. Es muy importante el mantenimiento de un pH adecuado en todos ellos para que las enzimas metabólicas realicen sus funciones. Afortunadamente, este rango de pH es muy amplio, con la salvedad de la sangre, cuyo pH ha de mantenerse entre 7, 35 y 7, 45. Una cifra inferior a 7 supondría la muerte.

La acidificación corporal puede evitarse, principalmente, a través de la alimentación. La dieta ha de ser alcalinizante y, para ello, ha de cumplir las siguientes características:

Estar basada en el consumo de frutas y verduras, sobre todo crudas. Estas son ricas en minerales alcalinos, como el potasio, el calcio, el magnesio y el hierro. Por ello, ejercen un efecto alcalinizante que neutraliza la carga ácida que supone el consumo de ciertos alimentos (como por ejemplo la bollería industrial) y aquella que se genera con el propio metabolismo celular.

Otros alimentos vegetales, como los garbanzos, las judías, el sésamo, las almendras, las castañas y las nueces de Brasil, también son ricos en minerales alcalinos.

Los alimentos de origen animal (carne, pescado, huevos, lácteos) han de ocupar el porcentaje más pequeño de la dieta (si se opta por incluirlos), ya que estos son los que más desechos acidificantes producen en el organismo.

Así mismo, se han de evitar el azúcar y las harinas blancas, la sal y los aceites refinados, los fritos, el alcohol, la cafeína, el tabaco, los aditivos artificiales, la bollería industrial, el fast food y las bebidas carbonatadas y azucaradas. Todos ellos acidifican el pH de los fluidos y tejidos del cuerpo.

Una dieta alcalinizante debe tener un 60-70% de alimentos alcalinos. De todas formas, aunque la acidificación corporal es nociva, no se debe asociar lo ácido a algo negativo, ya que, siguiendo la teoría del yin y del yang, debe haber un balance o equilibrio entre ambos.

LOS ALIMENTOS MÁS ALCALINIZANTES

1. Hierba de cebada, por su elevadísima riqueza en minerales alcalinos (potasio- tiene 25 veces más que los plátanos-, calcio, magnesio) y clorofila.

2. Pepino, debido a que posee abundantes minerales de reacción muy alcalina (potasio, calcio, magnesio y hierro) y clorofila.

3. Limón. A pesar de tener un pH ácido, sus ácidos cítrico y málico generan una fuerte reacción alcalina en el organismo.

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